¿Habéis visto La cinta blanca? Os recomendaría que la vierais pero está tan lejos de lo que es considerado normal en una película hollywoodiense que es un poco dura de digerir. Lenta como ella sola, se regodea en cada aspecto, por nimio que sea, de la vida del puritano pueblito alemán. Es una película que hay que saborear despacio para que no se reblandezca demasiado en la boca y de la que hay que sacar cada uno sus propias conclusiones, porque nada queda resuelto, como solemos estar acostumbrados. Aún así creo que merece la pena, sea sólo por el cambio.
Lo que da nombre a la película es una cinta (blanca) que el párroco ataba al antebrazo de sus hijos para manifestar su pureza de espíritu, mientras que les castigaba muy duramente. Esta práctica estaría supuestamente extendida por toda Alemania, y estos niños, que luego vivirían en el auge nazi, supuestamente aplicarían esta medida para marcar a los judíos. Todo supuestamente, porque de ello en la película no se dice ni mu. Pero se ve por dónde van los tiros.
Y es que hay personas a las que se las marca por algún motivo y otras que nacen marcadas. Como yo. Había salido de casa y no había recorrido ni doscientos metros en mi ruta hacia el centro de Viena cuando un joven, universitario por la pinta y por la zona, me para y me pregunta por una calle. Yo ni pajolera idea, por supuesto, aunque al menos no me pasó como con la autobusera. ¡Vamos a ver! Uno no tiene mucha pinta de centroeuropeo. A las pruebas me remito: cuando estuve en el Oktoberfest e intentamos entrar a una de las carpas, el puerta, raza infame no importa el país, dejó pasar a los rubios o arrubiados y los morenos nos quedamos fuera.
Pues no importa, se dirigen a mí como si llevara aquí toda la vida o fuera Dimitri y tuviera respuesta para todo. Tampoco ha sido la primera vez. Cuando volví de Linz para Año Nuevo, cinco minutos después de despedirme de Astrid, esperando el tren que me llevaba a Viena, desde donde volaba a Madrid, se me acercó un paisano y este, con todo su acentaco y en dialecto, me preguntó si sabía cuál era el andén del que salía el tren para no sé dónde.
Viendo lo visto, lo que sea que da confianza suficiente al desconocido para acercarse a mí a preguntar es independiente de la nacionalidad. ¿Qué tendré, eh, qué tendré? Pues la i (de información) en la frente.
El resto del día pasó sin mucho contratiempo. Lo primero que hice, antes de comprar para comer, es ir al centro a conseguir un USB-stick para internet. Hay que tener prioridades en la vida. El centro de Viena sigue tan monumental como lo dejé la última vez y es un gusto sólo pasear por allí. Recorrí medio Opernring pasando por los espectaculares Ayuntamiento y Parlamento, el museo de ciencias con edificios especulares ( y espectaculares) y el imponente e imperial Hofburg, residencia del emperador desde el siglo XIII cuando no era verano y donde Hitler dio su discurso después de pedirse Austria para Reyes y anexionársela para el Reich.
No fui capaz de encontrar mi academia, básicamente porque iba sin saber la dirección exacta, pero espero poner remedio a eso en el Día 3 AC.
Además no hace tanto frío como me esperaba y se puede pasear sin dejar de sentir las extremidades, lo cual se agradece.
Qué bonico es todo :)
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Habrá que ver la susodicha película. Yo te recomiendo "Napola", que viene más en la línea de los colegios elitistas-nazis de principios del movimiento. Además es alemana y así practicas.
ResponderEliminarSi te sirve de algo, usa la táctica que empleaba yo cuando iba de borrachera con los yonkis que se acercaban a pedirme algo. En cuanto les veía, me acercaba y les pedía la hora. Pues tu lo mismo, cuando alguien se te acerque le preguntas por la ostra azul (tradúzcase al alemán).
La cosa es que la ha visto. La pusieron en la 2 poco antes de venirme para acá. Como la vi en original me enteré de la mitad, pero parecía buena :)
ResponderEliminarYo recomiendo: "La ciudad no es para mi", de Paco Marinez Soria. También va de un señor de pueblo, como el Pueblo de Vallekas, que va a la gran ciudad jeje
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