Las tartas en esta cafetería están también para chuparse los dedos. Después de una sachertorte y un topfenstrudel, se siente uno con fuerzas de enfrentarse a una ciudad imperial y a lo que haya menester.
He de haceros una recomendación si venís alguna vez a Viena: no uséis braga. No la ropa interior, esa es recomendable siempre como reza el dicho, sino esa especie de falso cuello alto. Mi hermano la llevaba puesta y las reacciones eran variopintas aunque ninguna positiva: desde simples miradas hasta una mujer que se paró en seco y dio un saltito en retroceso al girar una esquina y encontrarse con el enmascarado. Aquí lo que se lleva es una bufanda estilosa como la que lleva el turco de mi curso y que tuve ocasión de apreciar de cerca cuando un día por error, casi me llevo su chaqueta a casa. Es que los españoles somos unos ladrones.
El primer destino fue Schönbrunn, la residencia veraniega de la familia imperial desde los tiempos de María Teresa. Los jardines son dignos del palacio aunque en esta ocasión estaban cubiertos de un grueso manto de nieve. El palacio se encuentra a los pies de una suave colina en lo alto de la cual se encuentra la Glorieta, que es un pequeño edificio que imita la entrada del palacio y crea el efecto de reflejarse en él.
El acceso a la Glorieta estaba vallado de modo que había que tomar un desvío que atravesaba un bosquecillo plagado de cuervos (eso pensábamos entonces, antes de ver en el Día 6 DC El Enjambre Córvido). Resbalones y bifurcaciones aparte el camino mereció la pena.
Llegan las 12 y el viajero empieza a sentir hambre. Sí, amigos: los Gallardo somos gente de mundo, adaptables y miméticos y las costumbres locales se nos pegan como gayers buscando sitios para alternar (ver Día 6 DC). De modo que llegó el momento de uno de los highlights culinarios de Viena: EL SCHNITZEL GIGANTE! El local donde lo sirven se llama Figlmüller y está en pleno centro. El filete en sí es de cerdo, empanado y literalmente rebosa del plato de forma que este no se ve. Si pides patatas o ensalada te lo tienen que traer en un plato aparte. Está muy rico y es de los de carrera de fondo, con lo que no conviene emocionarse mucho al principio porque la cuesta arriba del final es complicada.
Una vez completada la hazaña, paseamos por el centro de Viena para, entre otras cosas, acumular frío y que Rafa probara otra de las bebidas típicas de aquí, que no sólo de pan líquido vive el hombre: el Glühwein. Para el que no lo conozca, es un vino con especias que se toma caliente y que al amor de la lumbre resulta un poco asquerosete, pero a -3ºC parece que apetece. A mi me gusta, pero no triunfó con mi hermano. La nieve se tomó la mayor parte de su taza.
Después de terminar de ver el centro, volvimos a casa a descansar los pies y salimos como a las 8pm a ver que se cocía por Viena by night (sí, aquí todo se hace prontito). Cenamos en un McDonald’s y acabamos en un local de salsa donde conocimos a un argentino embustero, un costarricense que pensaba que los vieneses le entendían hablando español y unas mozuelas un tanto asustadizas y torpes. Pero eso es otra historia y será contada en otro momento (me encanta esta frase; el que adivine de qué libro es, se lleva un regalito)
