jueves, 18 de febrero de 2010

Día 5 DC: O Brother! (II)

Madrugamos este día que nos esperaba bastante pateo por delante. Lo primero fue visitar la cadena de pastelerías más famosa de Viena: Aida. Con su color rosa, llama más la atención que un McDonald’s en Bollullos del Palancar. Los precios de los cafés son estilo Starbucks, aunque están bastante más ricos. No en vano cuenta la leyenda que en 1683, después de que los turcos tuvieran que abandonar el asedio de Viena tras las acometidas del príncipe Eugenio de Saboya, dejaron tras de sí sacos y sacos de café a partir del cual, supuestamente, se fundó la tradición cafetera de Viena.
Las tartas en esta cafetería están también para chuparse los dedos. Después de una sachertorte y un topfenstrudel, se siente uno con fuerzas de enfrentarse a una ciudad imperial y a lo que haya menester.

He de haceros una recomendación si venís alguna vez a Viena: no uséis braga. No la ropa interior, esa es recomendable siempre como reza el dicho, sino esa especie de falso cuello alto. Mi hermano la llevaba puesta y las reacciones eran variopintas aunque ninguna positiva: desde simples miradas hasta una mujer que se paró en seco y dio un saltito en retroceso al girar una esquina y encontrarse con el enmascarado. Aquí lo que se lleva es una bufanda estilosa como la que lleva el turco de mi curso y que tuve ocasión de apreciar de cerca cuando un día por error, casi me llevo su chaqueta a casa. Es que los españoles somos unos ladrones.

El primer destino fue Schönbrunn, la residencia veraniega de la familia imperial desde los tiempos de María Teresa. Los jardines son dignos del palacio aunque en esta ocasión estaban cubiertos de un grueso manto de nieve. El palacio se encuentra a los pies de una suave colina en lo alto de la cual se encuentra la Glorieta, que es un pequeño edificio que imita la entrada del palacio y crea el efecto de reflejarse en él.




El acceso a la Glorieta estaba vallado de modo que había que tomar un desvío que atravesaba un bosquecillo plagado de cuervos (eso pensábamos entonces, antes de ver en el Día 6 DC El Enjambre Córvido). Resbalones y bifurcaciones aparte el camino mereció la pena.

Llegan las 12 y el viajero empieza a sentir hambre. Sí, amigos: los Gallardo somos gente de mundo, adaptables y miméticos y las costumbres locales se nos pegan como gayers buscando sitios para alternar (ver Día 6 DC). De modo que llegó el momento de uno de los highlights culinarios de Viena: EL SCHNITZEL GIGANTE! El local donde lo sirven se llama Figlmüller y está en pleno centro. El filete en sí es de cerdo, empanado y literalmente rebosa del plato de forma que este no se ve. Si pides patatas o ensalada te lo tienen que traer en un plato aparte. Está muy rico y es de los de carrera de fondo, con lo que no conviene emocionarse mucho al principio porque la cuesta arriba del final es complicada.





Una vez completada la hazaña, paseamos por el centro de Viena para, entre otras cosas, acumular frío y que Rafa probara otra de las bebidas típicas de aquí, que no sólo de pan líquido vive el hombre: el Glühwein. Para el que no lo conozca, es un vino con especias que se toma caliente y que al amor de la lumbre resulta un poco asquerosete, pero a -3ºC parece que apetece. A mi me gusta, pero no triunfó con mi hermano. La nieve se tomó la mayor parte de su taza.

Después de terminar de ver el centro, volvimos a casa a descansar los pies y salimos como a las 8pm a ver que se cocía por Viena by night (sí, aquí todo se hace prontito). Cenamos en un McDonald’s y acabamos en un local de salsa donde conocimos a un argentino embustero, un costarricense que pensaba que los vieneses le entendían hablando español y unas mozuelas un tanto asustadizas y torpes. Pero eso es otra historia y será contada en otro momento (me encanta esta frase; el que adivine de qué libro es, se lleva un regalito)

domingo, 14 de febrero de 2010

Día 4 DC: O Brother! (I)

Esta entrada abarca unos cuantos días, así que antes siquiera de tenerla escrita preveo que su longitud será superior a la del resto. He decidido dividirla en partes a pesar de que las escribo a posteriori y casi continuadamente.

Comenzamos con el día 11. La mayor nevada con diferencia desde que estoy aquí ocurrió durante la noche anterior y aún por la mañana continuaban cayendo copos como hostias consagradas. Rafa, mi hermano, había elegido un buen momento para venir si quería ver Viena de blanco. Llegaba ese día por la tarde. Entretanto yo dejaba pasar la mañana entre el breve examen de la academia (el resultado no va a ser brillante, había partes de vocabulario que son mi punto débil, y en las que no pude sino echar mano de imaginación y creatividad… sí, me inventé una palabra. A veces, cuando deconstruyes cual Adriá, las largas palabras alemanas crees entender la mentalidad con las que fueron concatenadas y te crees capaz de seguir el proceso inverso. Craso error. Pero divertido) y las discusiones con la iraní, la ucraniana y la monjil eslovaca sobre qué cinco cosas de una lista de veinte serían las más indicadas para llevar al desierto.
Al acabar la sesión, de camino a casa, nadie me pregunta por nada. Siento un vacío y una sensación de abandono ¿Se estará desdibujando la “i” a fuerza de contestar a casi cada solicitud de información que no tengo ni idea?

Llega el momento de ir a recoger a Rafa. Salgo un pelín justo de tiempo pero si todo iba razonablemente bien, llegaría al aeropuerto puntual. Pero los caminos de Murphy son inescrutables. Lo primero que he de aclarar es algo chocante para un español medio. Aquí en Viena, supuestamente la ciudad más salvaje de Austria, hay un respeto reverencial por los semáforos en rojo por parte del peatón. No importa que claramente no se aproxime ningún vehículo, o que el paso de cebra tenga cinco metros de largo. La gente espera religiosamente hasta que el verde aparezca. Bueno, no sé si el respeto viene de la multa que te puede encalomar un agente de la ley con demasiado poco que hacer porque, como todo el mundo sabe, Rex se encarga de los diez casos de asesinato al año.
El caso es que uno se deja contagiar por el civismo después de las miradas de extrañeza que se te clavan cuando cruzas sin asomo de miedo el paso de peatones e incluso esperas a que el semáforo te sea favorable cuando ves que el autobús que tienes que coger está a punto de salir. Tan a punto estaba, que salió y yo, eso sí, como un caballero, crucé en verde y lo perdí. Veinte minutos hasta el siguiente. Si a eso se añaden unos cuantos minutos más por los atascos debido a la nevada, tenemos a un Jose llegando media hora después de la hora de aterrizaje prevista. Por suerte, el avión también llevaba justo ese retraso y la coordinación del encuentro resulta ser perfecta. No tengo que esperar ni cinco minutos y allí salía por la puerta de llegada. Reencuentro emotivo. Fundido en negro.

Volvemos a casa a cenar productos de la tierra (salchichas, Leberkäse, cerveza salzburguesa) y desempaqueto el regalo que me ha traído mi hermano: ¡un litro de aceite de oliva! Casi se me saltan las lágrimas de la emoción. Tendríais que ver lo que pagué por una botella de cuarto de litro de supuesto aceite de oliva, que resultó ser repugnante. He llegado a la conclusión de que el aceite es lo que más echaría de menos de no estar en España. Ni el jamón, ni la tortilla, ni bobadas de esas.

Después del pantagruélico ágape, nos dirigimos al centro, para un primer contacto. De camino allá, unas zagalas locales nos acosan brevemente. Es normal. La mayoría de mediterráneos que se ven por aquí son turcos y no es lo mismo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Día 3 DC: Spü ma donn!

El haitiano ha desaparecido. De hecho no sé si alguna vez existió. Esto...¿de qué estaba hablando? ¡Ah, sí! Hoy tenemos ventisca. He vuelto a casa blanco.

Pues sí, ya no tenemos haitiano, que era médico y que había estudiado la carrera en Cuba (no llegué a hablar con él en español. Allí todo el mundo habla en alemán incluso en los descansos. Estoy anonadado). En su lugar nos han puesto a una ucraniana, con lo cual se mantiene la regla tácita de que no haya nadie de igual nacionalidad en el grupo. No sé si será política de la academia, pero ya lo está pareciendo.
Hoy hemos jugado en clase al juego famoso en el que se reparten profesiones, se imagina que se está en un globo aerostático que necesita liberar lastre para no sucumbir a la gravedad y cada uno ha de defender su profesión como la más imprescindible para no ser arrojado por la borda. Yo he tenido suerte, me ha tocado un médico, así que no he tenido que argumentar mucho. El turco que parece un poco cabroncete le dio a una chica como profesión criadora de hormigas. Pues resultó que la chica hablaba muy bien alemán y daban ganas de salvarla después de su alegato.

No tengo mucho más que contar hoy. Mañana tengo examencillo, así que estudiaré esta tarde. Intentaré acordarme de llevar mañana cámara de fotos a la academia.

Por cierto el tema de la gente que me para por la calle empieza a ser preocupante. No ha pasado ni un sólo día sin que alguien me pregunte. Al universitario del día 4 AC tengo que sumar:

1)Una de estas voluntarias voluntariosas que intentan venderte la moto para que dones para los niños de África.

2)Un turco en furgoneta preguntando por cierta calle.

3)Un pedigüeño solicitando una ayuda para el metro.

4)Una italiana preguntando (en inglés) por la universidad. ¡Primera vez que puedo dar indicaciones!

5)Hoy ha sido lo más extraño: Una rumana que se me ofrecía para limpiar la casa, no sé si en alemán hay dobles sentidos aquí.

lunes, 8 de febrero de 2010

Día 1 DC: ONU muestreada

¡Por fin llegó el gran día! Después de una tarde que sugería nieve en pequeñas dosis y una noche terriblemente fría, hoy, día 8 de febrero ha nevado como es debido. Y he de decir que si Viena resplandece en condiciones normales, cuando está nevada parece, además, en su elemento. Como no tenía muy bien calculado el tiempo en llegar a la academia o si habría muchos contratiempos al buscar mi aula, salí de casa con bastante antelación sacrificando unos minutos de sueño. Mereció la pena al salir a la calle y ver el espectáculo de cómo los perezosos copos se posaban sin muchas posibilidades de desaparecer en todas partes. Además parecía como si el frío que saturaba la noche se hubiese condensado en ellos, dejando una temperatura no agradable, pero si soportable. Lo cual, añadido a la buena coordinación de los tranvías, me dejó unos minutos para poder pasear cerca de la Ópera y alrededores. Hermoso.

Una vez en el edificio de la academia no hubo gran problema en encontrarme y llegar al aula y en seguida todo el mundo estuvo listo para empezar. A pesar de la diferencia de rasgos, no podía suponer tan variopinta internacionalidad. Somos diez personas en clase (7 chicas, 3 chicos para el que le pueda interesar) y cada uno de nosotros es de un país distinto, a saber: un español (el burro delante), una checa, una rumana, una italiana, un turco, una georgiana, una iraní, una eslovaca (y monja para más señas), un haitiano y otra zagala de la que no recuerdo su procedencia, pero que no coincidía con el resto.
La profesora es de Austria Alta, de Mathausen, y sí, explica bien, habla claro, pero tiene una sonrisa más falsa que Judas Iscariote. No me acaba de convencer, aunque sólo sea por eso…seguiremos informando al respecto.
Respecto al nivel, bien. Era lo que más temía, que mis compañeros me superaran con creces y yo quedara chupando rueda, tratando de seguir el paso. Lo cierto es que en general, sí, se expresan mejor que yo, con más fluidez, que no es difícil. No en vano, son gente que por una razón u otra, me he enterado en las correspondientes presentaciones, viven en Viena, ya sea por buscar trabajo o por tener al significant other residiendo allí. Pero lo que también he visto es que respecto a vocabulario y demás, la mayoría están peor que yo, lo que me da moral (exceptuando a la checa, rumana y georgiana, que no sé que hacen ahí, hablan muy bien).
Resumiendo, que por lo que he visto hoy, el curso no se me queda grande, con lo cual creo que voy a poder aprovecharlo como es debido. Intentaré cuando haya confianza hacer algunas fotos para que os hagáis una idea (el que tenga mucho interés en saber cómo está la cosa de repartida, ya sabéis, que contacte conmigo por otros medios y así quede como un caballero)

Nada más a reseñar. Sólo que creo que la Stasi me vigila.

Días 3 a 1 AC: Fast forward


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Ministerium für Staatssicherheit

viernes, 5 de febrero de 2010

Día 4 AC: Con la i en la frente

¿Habéis visto La cinta blanca? Os recomendaría que la vierais pero está tan lejos de lo que es considerado normal en una película hollywoodiense que es un poco dura de digerir. Lenta como ella sola, se regodea en cada aspecto, por nimio que sea, de la vida del puritano pueblito alemán. Es una película que hay que saborear despacio para que no se reblandezca demasiado en la boca y de la que hay que sacar cada uno sus propias conclusiones, porque nada queda resuelto, como solemos estar acostumbrados. Aún así creo que merece la pena, sea sólo por el cambio.
Lo que da nombre a la película es una cinta (blanca) que el párroco ataba al antebrazo de sus hijos para manifestar su pureza de espíritu, mientras que les castigaba muy duramente. Esta práctica estaría supuestamente extendida por toda Alemania, y estos niños, que luego vivirían en el auge nazi, supuestamente aplicarían esta medida para marcar a los judíos. Todo supuestamente, porque de ello en la película no se dice ni mu. Pero se ve por dónde van los tiros.
Y es que hay personas a las que se las marca por algún motivo y otras que nacen marcadas. Como yo. Había salido de casa y no había recorrido ni doscientos metros en mi ruta hacia el centro de Viena cuando un joven, universitario por la pinta y por la zona, me para y me pregunta por una calle. Yo ni pajolera idea, por supuesto, aunque al menos no me pasó como con la autobusera. ¡Vamos a ver! Uno no tiene mucha pinta de centroeuropeo. A las pruebas me remito: cuando estuve en el Oktoberfest e intentamos entrar a una de las carpas, el puerta, raza infame no importa el país, dejó pasar a los rubios o arrubiados y los morenos nos quedamos fuera.
Pues no importa, se dirigen a mí como si llevara aquí toda la vida o fuera Dimitri y tuviera respuesta para todo. Tampoco ha sido la primera vez. Cuando volví de Linz para Año Nuevo, cinco minutos después de despedirme de Astrid, esperando el tren que me llevaba a Viena, desde donde volaba a Madrid, se me acercó un paisano y este, con todo su acentaco y en dialecto, me preguntó si sabía cuál era el andén del que salía el tren para no sé dónde.
Viendo lo visto, lo que sea que da confianza suficiente al desconocido para acercarse a mí a preguntar es independiente de la nacionalidad. ¿Qué tendré, eh, qué tendré? Pues la i (de información) en la frente.

El resto del día pasó sin mucho contratiempo. Lo primero que hice, antes de comprar para comer, es ir al centro a conseguir un USB-stick para internet. Hay que tener prioridades en la vida. El centro de Viena sigue tan monumental como lo dejé la última vez y es un gusto sólo pasear por allí. Recorrí medio Opernring pasando por los espectaculares Ayuntamiento y Parlamento, el museo de ciencias con edificios especulares ( y espectaculares) y el imponente e imperial Hofburg, residencia del emperador desde el siglo XIII cuando no era verano y donde Hitler dio su discurso después de pedirse Austria para Reyes y anexionársela para el Reich.
No fui capaz de encontrar mi academia, básicamente porque iba sin saber la dirección exacta, pero espero poner remedio a eso en el Día 3 AC.

Además no hace tanto frío como me esperaba y se puede pasear sin dejar de sentir las extremidades, lo cual se agradece.

Qué bonico es todo :)

jueves, 4 de febrero de 2010

Día 5 AC (antes del curso): el comienzo

Bueno sí, digamos que este es el primer día del periplo, de la odisea, de lo que sea que me suceda aquí en Viena.


Me suelo jactar de no hacer la maleta hasta el último momento, sobre todo ante mi madre que siempre se lleva las manos a la cabeza. Un viejo ritual que nos sigue pareciendo divertido. Esta vez la gracia casi me pilla en paños menores: me he pasado la mañana (y con mañana me refiero al período entre que me he levantado y he comido, que son unas cuantas horas) haciendo preparativos con unos restillos de minigripe cuyos síntomas empezaron a asomar la cabeza el sábado después del que, supongo, sería mi último contacto con la salsa hasta mi regreso. Es mala combinación darlo todo bailando, sudar profusamente y pasear, aunque sea brevemente, en el frío de Madrid.

Pues allí estaba yo, intentando condensar mi vida en una maleta de veintiséis kilos y una mochila de siete. Por mucho que diga Clooney en sus conferencias en Up in the air, es tarea vana. Y si tienes un gato, puede ser un suplicio.


Supuestamente, el movimiento de cosas de aquí a allá que genera un viaje, los nuevos objetos que curiosear y donde introducirse (la maleta es una segunda casa) excita la curiosidad del gato más allá de su estado de reposo que ya es de bastante excitación ante la novedad. Supuestamente. Porque lo que yo creo que intentan es importunar todo lo que les es gatunamente posible ante la perspectiva de que coges las de Villadiego y lo que les queda es una casa poco reactiva y menos proactiva y una tasa de rascados detrás de la oreja que tiende a cero, exceptuando onanismos rascatorios.

El viaje en sí fue bastante tranquilo, sin contratiempos mayores aunque de él he sacado tres lecciones importantes y que merece la pena mencionar:


1) El límite de peso impuesto por las compañías aéreas es de veinte kilos por maleta abonando cualquier exceso a razón de 10 euros por kilo de más. El lector atento se habrá dado cuenta de que esto supuso un problema, ya que mi maleta pesaba veintiséis. Pues nada, allí estuve haciendo una transfusión a vida o muerte de ropa, libros y cachivaches de la maleta a la mochila en un intento de rebajar esos sangrantes 60 euros que me tocaría pagar. Lo conseguí. Casi del todo. Snif.


2) Ni te acerques a las ensaimadas del aeropuerto de Palma de Mallorca. Dice la leyenda que la escultura del Discóbolo originalmente tenía una ensaimada del aeropuerto que en consistencia es similar al mármol. Al final se optó por el disco en aras de no ofender sensibilidades.


3) ¡No menosprecies las partículas de los verbos separables! Para el que no sepa de alemán más allá del achtung, el verboten y el aufidersen (que al menos era lo que yo sabía antes de salir con austriacas), los verbos separables son al alemán lo que los phrasal verbs al inglés: una putada para el que los tiene que estudiar, con esa particulita de los huevos que cambia totalmente el significado de un verbito conocido y majo. Pues hete aquí que en esta ocasión resultó útil la partícula. Estaba yo subiendo al autobús que lleva del aeropuerto de Viena a la ciudad cuando la amable autobusera se dirigió a mi diciendo lo siguiente: Guachu guachu guachu hin? Hin fue lo único que entendí, que suele formar parte de un verbo separable y significa “hacia”, con lo que deduje que me preguntaba que a dónde iba. Vale, sí, no había muchas más posibilidades, pero podría haber sido: Perdona tienes un piti o El bus en el que van los turcos como tú sale en media hora. ¡Quién sabe lo que pasa por la cabeza de esta gente!


Total, que llegué a casa sin más contratiempos, me metí entre pecho y espalda un bocadillo de salchichón ibérico que me hice en Madrid (el sandwich de queso con ¡PEPINO! que me dieron en el avión no me satisfizo) y a la camita.


Continuará…

PRÓXIMO EPISODIO: Con la i en la frente