Esta entrada abarca unos cuantos días, así que antes siquiera de tenerla escrita preveo que su longitud será superior a la del resto. He decidido dividirla en partes a pesar de que las escribo a posteriori y casi continuadamente.
Comenzamos con el día 11. La mayor nevada con diferencia desde que estoy aquí ocurrió durante la noche anterior y aún por la mañana continuaban cayendo copos como hostias consagradas. Rafa, mi hermano, había elegido un buen momento para venir si quería ver Viena de blanco. Llegaba ese día por la tarde. Entretanto yo dejaba pasar la mañana entre el breve examen de la academia (el resultado no va a ser brillante, había partes de vocabulario que son mi punto débil, y en las que no pude sino echar mano de imaginación y creatividad… sí, me inventé una palabra. A veces, cuando deconstruyes cual Adriá, las largas palabras alemanas crees entender la mentalidad con las que fueron concatenadas y te crees capaz de seguir el proceso inverso. Craso error. Pero divertido) y las discusiones con la iraní, la ucraniana y la monjil eslovaca sobre qué cinco cosas de una lista de veinte serían las más indicadas para llevar al desierto.
Al acabar la sesión, de camino a casa, nadie me pregunta por nada. Siento un vacío y una sensación de abandono ¿Se estará desdibujando la “i” a fuerza de contestar a casi cada solicitud de información que no tengo ni idea?
Llega el momento de ir a recoger a Rafa. Salgo un pelín justo de tiempo pero si todo iba razonablemente bien, llegaría al aeropuerto puntual. Pero los caminos de Murphy son inescrutables. Lo primero que he de aclarar es algo chocante para un español medio. Aquí en Viena, supuestamente la ciudad más salvaje de Austria, hay un respeto reverencial por los semáforos en rojo por parte del peatón. No importa que claramente no se aproxime ningún vehículo, o que el paso de cebra tenga cinco metros de largo. La gente espera religiosamente hasta que el verde aparezca. Bueno, no sé si el respeto viene de la multa que te puede encalomar un agente de la ley con demasiado poco que hacer porque, como todo el mundo sabe, Rex se encarga de los diez casos de asesinato al año.
El caso es que uno se deja contagiar por el civismo después de las miradas de extrañeza que se te clavan cuando cruzas sin asomo de miedo el paso de peatones e incluso esperas a que el semáforo te sea favorable cuando ves que el autobús que tienes que coger está a punto de salir. Tan a punto estaba, que salió y yo, eso sí, como un caballero, crucé en verde y lo perdí. Veinte minutos hasta el siguiente. Si a eso se añaden unos cuantos minutos más por los atascos debido a la nevada, tenemos a un Jose llegando media hora después de la hora de aterrizaje prevista. Por suerte, el avión también llevaba justo ese retraso y la coordinación del encuentro resulta ser perfecta. No tengo que esperar ni cinco minutos y allí salía por la puerta de llegada. Reencuentro emotivo. Fundido en negro.
Volvemos a casa a cenar productos de la tierra (salchichas, Leberkäse, cerveza salzburguesa) y desempaqueto el regalo que me ha traído mi hermano: ¡un litro de aceite de oliva! Casi se me saltan las lágrimas de la emoción. Tendríais que ver lo que pagué por una botella de cuarto de litro de supuesto aceite de oliva, que resultó ser repugnante. He llegado a la conclusión de que el aceite es lo que más echaría de menos de no estar en España. Ni el jamón, ni la tortilla, ni bobadas de esas.
Después del pantagruélico ágape, nos dirigimos al centro, para un primer contacto. De camino allá, unas zagalas locales nos acosan brevemente. Es normal. La mayoría de mediterráneos que se ven por aquí son turcos y no es lo mismo.
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